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Una pandemia que mata sólo a las mujeres

Publicado: 2015-08-20


"Tú lo has provocado" es la típica frase que muchas personas, desde el espacio familiar, social, institucional o gubernamental, aducen al intentar encontrar explicación al motivo que justifique los gritos, burlas, insultos, amenazas, agresiones físicas, violación sexual y posiblemente hasta el asesinato de mujeres que viven en un entorno terriblemente hostil, donde la violencia machista se alimenta del miedo, de la dependencia emocional, de la pérdida de la autonomía y de la autoestima, de la falsa esperanza de un cambio y de una total impunidad que la interpreta como una situación privada e íntima, donde nadie puede intervenir, hasta que ya es demasiado tarde.

!Si tocan a una, nos tocan a todas!

En estos últimos meses en España los movimientos de mujeres y feministas se están movilizando activamente, porque ya es insostenible la gravedad de esta situación. Las estadísticas evidencian que el promedio de mujeres asesinadas por año en el Estado Español es cerca de 100.

En lo que va del año, según la organización GEO FEMINICIDIO, ya van más de sesenta asesinatos de mujeres cometidos por hombres. ¿Vamos a esperar este 2015 a que la cifra aumente el doble para reaccionar? es la pregunta que muchas activistas se hacen. Y la respuesta es: Marcha #7N contra las Violencias Machistas. Sí, el 7 de Noviembre saldrán a las calles en una gran manifestación pública en la capital del país. "...Seremos manada, para no caer, por ellas, para seguir al pié del cañón, insumisas, por nosotras, porque no nos cansaremos de repetir y gritar que ¡nos queremos vivas!", expresan las voces que denuncian.

La solidaridad entre mujeres, la sororidad, está cobrando fuerza mientras el Gobierno hace oídos sordos, mientras los medios de comunicación apenas mencionan los casos y mientras las calles siguen llenas de la ausencia y la indiferencia de quienes evitan decir ABAJO EL TERRORISMO MACHISTA.

Aún así, las mujeres salen a las calles, reactivan su indignación y con perseverancia imparable demandan legítimamente al Estado que cumpla con su obligación de poner a disposición recursos y mecanismos efectivos y eficaces que salvaguarden la dignidad, la integridad y la vida de las mujeres que están en una condición y posición de suma vulnerabilidad, frente a una realidad que ya ha llegado a límites de criminalidad, donde también las niñas y niños son las víctimas directas de este entorno espeluznante que les transforma la vida en un infierno.

La invisibilización y el silencio

Las mujeres son asesinadas con total impunidad porque aún la violencia machista está normalizada y es vista como algo cotidiano, o aquello a lo que no se debe prestar mayor importancia. De esta manera, se hace invisible y el silencio termina por volverla impune.

Es común escuchar: "es una discusión de pareja", "es un tema personal", "es entre él y ella, es su problema, de nadie más". Siempre se interpreta como una "pelea doméstica". Cuesta entender que subyacen en esta cruenta realidad relaciones desiguales de poder donde la violencia se manifiesta como abuso de poder de una persona sobre otra para someter su voluntad a través de los insultos, amenazas, manipulación, chantajes, control, celos, golpes y terribles daños físicos, incluso hasta terminar consumando el feminicidio.

El asesinato es la punta del iceberg, pues en el fondo existe una realidad en extremo compleja, donde la violencia de los hombres contra las mujeres se permite y se legitima porque la cultura patriarcal se ha encargado de socializar en todas las conciencias que se trata de una cuestión privada donde nadie tiene derecho a inmiscuirse. Bajo esta lógica, aunque los gritos y llanto de una mujer que está siendo violentada en nuestro barrio o en la calle aviven cierta indignación de nuestra parte, preferimos la indiferencia y el silencio porque "es el problema de la otra", porque "meterse en estas peleas es pasar la frontera de lo personal".

Incluso sucede que los agentes de policía intervienen un acto de violencia en la vía pública debido a que afecta la tranquilidad y el orden público, no porque consideren que están atentando contra la vida e integridad de las mujeres. Por tanto, sin darse cuenta promueven que si el hombre quiere pegar a la mujer es mejor que lo haga en el espacio privado y no en la calle. Cuesta entender que ni en el espacio público, ni en el espacio privado la violencia ha de ser tolerada. Cuesta entender que lo personal es político.

La culpabilización y el castigo

Es muy fácil juzgar a la víctima y culpabilizarla de la violencia. A veces, se dice "es que ella misma permite esa violencia", "es su culpa por estar con un tipo así". Entonces, a la equivocada idea de que es un asunto personal se suma la creencia que "ella seguro hizo algo, por eso está en esa situación", porque también "es culpable". Con estas aseveraciones, sin pretenderlo o darnos cuenta, justificamos la violencia interpretando que las mujeres violentadas seguro se lo merecen. Es así como la cultura patriarcal asume que la violencia es un modo de disciplinar a las mujeres, para que no falten el respeto a los hombres.

La violencia es un elemento poderoso que mantiene un sistema de dominación y control de los hombres sobre las mujeres, aniquila su autoestima y las hace sentirse culpables y responsables por la violencia que las impacta. Las mujeres terminan por asumir responsabilidad de lo que les sucede y creen que los hombres no reaccionan así por gusto. Incluso, es posible que defiendan a su pareja ante las personas que sancionan su actitud violenta, o porque saben que al llegar a casa la violencia será doble. Viéndose ya sometidas, hacen ver como que no ha sucedido nada, aceptan su condena y aguantan hasta más no poder.

Sin duda, es un mecanismo perverso que va anulando la capacidad de las mujeres, que se ven atrapadas por la culpabilidad y el castigo. Así, los hombres violentos eluden su responsabilidad y culpabilizan a las mujeres, seguros de que tienen a favor una sociedad que respalda esta situación, que las sanciona y las juzga.

Pegar es violencia, lo demás es discusión

Uno de los factores que imprime de impunidad a la violencia machista es la equivocada interpretación que se hace de la misma. Persisten comentarios como "sólo les oía discutir, creo que nunca le levantó la mano", o "no creímos que era necesario intervenir, porque no veíamos indicios de violencia", "sólo alzaban la voz, pensábamos que era una simple discusión". Incluso en los informes policiales se ha señalado "no hay indicios de golpes, sólo fueron forcejeos".

Se consolida en el imaginario colectivo que la violencia sólo se da en tanto hay golpes y se minimizan e invisibilizan otras formas de violencia contra las mujeres como gritos, insultos, humillaciones, amenazas, etc., las cuales se toleran al considerarse poco peligrosas. Esta interpretación equivocada de la violencia también está presente en los mecanismos legales donde pocas veces se sanciona al perpetrador debido a la falta de indicios de golpes o secuelas físicas.

Bajo esta idea, los hombres niegan el terrible daño que hacen a las mujeres las otras formas de violencia, porque interpretan que la violencia machista es sólo cuando pegas, pues "una discusión la tiene cualquiera". Y así, el ciclo de la violencia va en aumento bajo la mirada indiferente de la sociedad y el Estado.

Evitar meterse porque es un tema privado

"Para qué meterse en líos ajenos", "es un tema privado", sostienen muchas personas que han sido testigas de situaciones de violencia machista. "Nada gano con meterme, no es mi problema", es la frase típica de la tolerancia y la indiferencia social hacia las situaciones de violencia machista, que posiblemente contribuyan a aumentar de manera alarmante los asesinatos a mujeres.

Es fácil sentirse ajeno o ajena a esta realidad, porque aun habiendo violencia física, como es considerada un tema privado, nadie quiere reconocer que en este escenario también tiene un rol que asumir. ¿Por qué es tan difícil asumir la responsabilidad ética de accionar a favor de las personas que precisan nuestra solidaridad? ¿Por qué cuando hablamos del derecho a la vida, sólo lo hacemos en tanto las mujeres han sido asesinadas?

Relegar esta realidad al ámbito privado y tolerarla sólo contribuye a legitimarla y condena a las mujeres a la muerte. Sobre todo, deja huellas en el equilibrio emocional de las niñas y los niños, pues les socializa en un ambiente permisible con la violencia machista, y normaliza las relaciones desiguales de poder entre hombres y mujeres, haciendo que se perpetúen de generación en generación.

Es imperativo que la sociedad denuncie, condene y señale cualquier acto de violencia contra las mujeres, desde la casa, el barrio, la ciudad, la escuela, la universidad, las empresas, la sociedad civil organizada y las estructuras del Estado. Llamar a la policía, hacer acto de presencia ante un acto violento, intervenir con cuidado de la propia seguridad y de la mujer, brindar información sobre las instituciones que prestan atención en estos casos, estar alertas, prevenir y sancionar en cuanto veamos indicios de machismos y micromachismos (lenguaje sexista, bromas sexistas, tonos de voz, control por el móvil, golpes en la mesa u otro mueble cuando se discute, etc.), puede ser un paso fundamental para evitar el feminicidio.

No querer ver más allá de lo aparente consolida prejuicios

Es común escuchar comentarios como "siempre se pelean, pero después se reconcilian", "ella es tonta porque regresa con él". Romper con el círculo de la violencia es muy desafiante para las mujeres que están dentro del mismo. Se confrontan a una serie de condicionantes que les impiden dejar a la agresor y denunciarle: la presión de la familia que le dice "una buena mujer soporta todo", "por el bien de los hijos o las hijas has de aguantar"; la presión social que la culpa "seguro que no es una santa, algún motivo habrá para que la traten así"; la tolerancia de un Estado que no garantiza su seguridad porque cuando ella denuncia en un contexto de leyes deficientes se expone a mayor riesgo, porque es casi seguro que el victimario reaccione con mayor violencia al ser denunciado.

Ver más allá de lo aparente y ser más sensibles a esta realidad, eliminará los prejuicios y nos hará comprender mejor cuán nociva es esta experiencia para las mujeres que son víctimas de la violencia machista, y quizás encontremos la manera de contribuir a superar su realidad y evitar revictimizarlas.

La revictimización se acrecienta con los prejuicios, porque hacen que la sociedad y el Estado exijan a las mujeres que expliquen todo su dolor antes de denunciar, para corroborar que están sufriendo realmente. Poco o nada se hace para proveer espacios donde ellas narren o hablen de la violencia del modo que decidan. Y porque nadie está dispuesto a escucharlas, porque la violencia aturde, lastima, pone en cuestión lo cruenta que puede ser la condición humana, y porque puede que al mirarla y sentirla cerca, nos estemos viendo en un espejo que refleje que lo mismo puede estar sucediendo en nuestra propia vida, algún tipo de violencia, o que estemos relacionándonos con una víctima o un victimario, sin querer reconocerlo.

Es un problema estructural y de violencias interseccionales

La violencia machista va más allá de la discriminación de género, -aquella que niega una oportunidad, promueve relaciones desiguales de poder, genera un prejuicio, o juzga a una persona debido a su sexo-. Es también producto de las múltiples desigualdades promovidas por ideologías económicas, raciales, heterosexuales, fundamentalistas y generacionales.

En este sentido, existe una inequidad estructural basada en privilegios económicos, sociales, políticos y culturales, donde las mujeres no son un grupo homogéneo, sino diverso y con identidades múltiples, que incluso pueden ser subordinadas debido a su condición social, etnia, origen, edad, nivel educativo, etc.

Una mujer en condición de pobreza, migración, sin papeles y casi sin redes sociales, impactada por la violencia machista, vivirá el ciclo de la violencia de una manera diferente a una mujer europea de clase media. Por consiguiente, la afectación es distinta, de acuerdo a las jerarquías de desigualdad interseccional que las impactan en sus contextos (clasismo, racismo, discriminación de género, heteronormatividad, fundamentalismos y generacional).

Esas identidades subordinadas son el resultado de dinámicas de poder donde, por ejemplo, se decide quién toma las decisiones para privilegiar a unos y despojar a otros, quién decide el acceso y control sobre los recursos, y qué políticas sociales serán adoptadas o rechazadas. En este marco, la lucha por erradicar la violencia machista dependerá también del grado en que las mujeres asuman una posición ante las múltiples identidades que definen su condición de “mujeres” y ante las relaciones de poder que las constituyen (diferencias culturales, geopolíticas, sociales y sexuales al interior del concepto “mujeres”).

Terrorismo machista o machismo criminal

Muchas personas cuestionan que las activistas feministas definan a la violencia contra las mujeres como terrorismo machista, o machismo criminal, porque piensan que "se exagera", porque "no es que los hombres estén organizados y orquestando asesinatos de mujeres", y porque dicen que así se "promueve el odio hacia los hombres". Pero, lo real y palpable es que se está asesinando la vida de las mujeres y su entorno de una manera sistemática cada año.

Se dice que para que sea considerada esta violencia como terrorismo "tendría que tener un grupo organizado y emitir un manifiesto". Cierto, esa organización ideológica ha existido a la largo de la historia humana, se denomina Patriarcado y tiene un manifiesto que, día tras día, alimenta cada "atentado" (asesinato). Las activistas feministas sostienen que "este manifiesto lo podemos ver en cada anuncio, canción, película, noticia, en cada medida política asigna a las mujeres roles de subordinación, que exhibe a las mujeres como objetos sexuales, cuyos cuerpos son moldeados para satisfacer los deseos de los hombres, para explotarlos sexualmente, para poder violarlos, agredirlos y hasta asesinarlos", sin más justificación que legitimar su poder por sobre las mujeres. Siendo así, es pertinente denominar a la violencia machista como TERRORISMO MACHISTA O MACHISMO CRIMINAL.

Es una cuestión de derechos humanos

A pesar de que han pasado 63 años desde que fuera emitida la Declaración Universal de los Derechos Humanos, persiste un sesgo estructural en contra de los derechos humanos de las mujeres. Aún la noción de derechos humanos asume la “superioridad normativa” de los hombres. Es evidente la jerarquía existente en la promoción y protección de los derechos humanos de los hombres en relación con los de las mujeres; la cual también está presente a favor de las minorías que ostentan el poder económico y político en el mundo por sobre las poblaciones más vulnerables debido a su origen, condición social, género, religión, etc.

La igualdad entre los sexos -intrínsecamente relacionada con el derecho de las mujeres a la igualdad sexual, a la seguridad alimentaria, a la libertad para decidir sobre su propio cuerpo, a vivir una vida sin violencias, y su derecho a la paz-, aún no es asumida como “un principio fundamental y básico del orden mundial”.

Vivimos en un estado mundial de inseguridad, donde sólo 24 países de los 167 países encuestados por The Economist para medir el Índice de Democracia son democracias plenas; 52 tienen democracias imperfectas; 39 son esquemas híbridos y 52 tienen un régimen autoritario en el poder. En este contexto, tanto las instituciones públicas como quienes asumen la legislación internacional no le dan importancia a las violaciones a los derechos humanos que ocurren en la esfera privada, y es precisamente en este espacio donde muchas mujeres están en mayor vulnerabilidad.

Por ello, ha sido crucial la permanente incidencia de las activistas feministas para promover que la comunidad internacional reconociera los derechos de las mujeres como una “parte inalienable, integral e indivisible de los derechos humanos y de la libertad fundamental” y que los gobiernos se comprometieran a garantizarlos. Y también que, a partir de 1993, la violencia contra las mujeres y las niñas se definiera como una seria violación a los derechos humanos e incompatible con la dignidad humana.

Es imperativo defender el principio de igualdad en el acceso a la justicia en un contexto donde se asesina a un promedio de 100 mujeres cada año. Y asumir que si la violencia contra las mujeres es una cuestión de derechos humanos, entonces quienes las violentan y las asesinan son perpetradores que deben ser llevados ante la justicia por este delito que está llegando a niveles de pandemia.


Escrito por

Sara Cuentas Ramírez

Periodista, investigadora social y feminista descolonial


Publicado en

Descolonizar

Muñay, yachay, ñoqanchis, kawsay